Juan Fernández-Viagas Ortiz/ enero 24, 2018/ Relatos/ 0 comentarios

Una sombra en las sombras

Nren se preguntaba cómo había podido acabar así. Un enano intrépido y habilidoso como él se encontraba ahora bajo una montaña de escombros en algún remoto lugar de las minas, y ni sus compañeros de excavación ni el grupo de rescate serían capaces de dar con su paradero a tiempo, pues aquello que habían despertado por error rondaba en los túneles. Todo había comenzado horas atrás, poco después del inicio de la segunda etapa de las obras de Duk’Drak…

Hacía tiempo que no se vivía un verano tan caluroso, incluso en las siempre frías tierras de Ostharath el sol dejaba notarse con intensidad. El rey enano Theriom había mandado construir una segunda estación de monorraíl bajo la ciudad, con la intención de facilitar los viajes y permitir que un mayor número de viajeros pudieran comunicarse diariamente con otras metrópolis sin tener que sufrir aglomeraciones y esperas de largas colas. El trabajo llevaba ya varios meses en alza, y todo avanzaba espléndidamente, pues se había logrado una perfecta unidad entre dos de las más importantes empresas enanas dedicadas a la construcción. Nren trabajaba para una de ellas. Era uno de los artificieros encargados de abrir brechas de iniciación en la piedra, una tarea que se realizaba siempre antes de empezar la perforación de un nuevo punto, intentando debilitar el terreno para proceder a picar con el equipo pertinente.

El grupo estaba formado por una decena de individuos, por diez de los mejores trabajadores que había en plantilla. Llevaban todo el día atravesando unas viejas minas situadas a más de mil pies humanos bajo el último piso de la ciudad, intentando dar con el punto concreto en el que iba a comenzar la perforación.

—Creo que es aquí. —El jefe del equipo soltó su enorme maleta y comenzó a sacar varios utensilios.

—¡Ya habéis oído al patrón! —dijo el segundo al mando mientras situaba una lámpara de nakra en el suelo para iluminar bien toda la zona—. ¡Id sacando el equipo!

Los enanos obedecieron al instante, como si aquello se tratara de un ejercicio militar, y mientras unos vaciaban los bultos, otros se encargaban de ir montando la maquinaria y de preparar los explosivos.

—¡Sí! ¡Este es el punto exacto! —exclamó el mandamás mientras, con tiza, pintaba varias equis alrededor del mismo—. Hay que cronometrar con cuidado los detonadores de nakra. ¡Ya sabéis que los fallos son peligrosos en este trabajo!

Tras escuchar las últimas palabras, los enanos se pusieron a comprobar sus relojes a la vez que reconfiguraban los detonadores que se ocuparían de sincronizar las cinco explosiones que ocurrirían. “21:23”, dijo uno, “21:21 aquí. Lo tienes mal”, respondió otro. En menos de quince minutos, los explosivos estaban preparados y sus detonadores configurados.

—¡Vamos allá muchachos! —gritó el jefe de la operación antes de activar el detonador de nakra—. ¡A cubierto! ¡ A cubierto!

Todos corrieron tan rápido como sus cortas piernas les permitieron, con tal afán de llegar los primeros al perfecto parapeto que ofrecían unas rocas ubicadas al fondo de la cavidad, que en conjunto parecían más un rebaño de cabras huyendo de un depredador que un grupo de expertos artificieros. “Seis… cinco… cuatro…”, el jefe del equipo comenzó a contar a la par que centraba su mirada en el reloj de pulsera que llevaba. “Tres… dos… uno… ¡cero!”, la explosión fue ensordecedora, por lo que nadie llegó a escuchar la última cifra que este pronunció. Al despejarse la tremenda cortina de polvo que se levantó, Nren y un par de enanos se acercaron a comprobar los resultados. Por desgracia, la supuesta mueca de satisfacción que era normal en estos casos al concluir un buen trabajo, fue sustituida por una atónita mirada.

—Jefe… Venga a ver esto. —Nren se agachó a observar detenidamente el suelo mientras llegaba su superior.

La explosión, que unas veces abría numerosas brechas en la dura piedra de estas montañas y otras incluso dejaba tras de sí enormes orificios, no había debilitado apenas el punto sobre el que se situaron los explosivos.

—¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? —El jefazo remarcó la equis a la par que maldecía todo lo conocido—. Esta piedra tiene un tono extraño. ¿No os parece demasiado oscura? Y tiene rugosidades. Bueno, da igual. Vamos a intentarlo de nuevo.

Tras unos minutos, una vez todo estuvo listo otra vez, una segunda detonación sacudió aquella zona del terreno. Sin embargo, de nada sirvió. La piedra seguía intacta como antes de que llegasen a ese punto y, pese a los esfuerzos, el trabajo parecía imposible de ser llevado a cabo.

—Jefe, podríamos utilizar los picos. Tardaremos media noche en dejar esto preparado, pero al menos no seremos la vergüenza de todos —dijo uno de los componentes del grupo—.

—Tienes razón Orren, será lo mejor. Pongámonos a ello entonces.

Los enanos se colocaron los guantes de trabajo, sacaron los picos con punta de oro y diamante, formaron un corro alrededor de la equis marcada en un principio y se pusieron manos a la obra. Clinc, clinc, clinc, clinc… El sonido del percutir del pico al alcanzar la tierra era como una relajante melodía para ellos, lo que hacía además que ninguno quisiera abrir la boca para interrumpir la armonía. Los trabajos siguieron durante varias horas, pero pararon inmediatamente cuando uno de los presentes tuvo un percance al dar uno de los golpes.

—¡Esperad! Se me ha quedado el pico atorado en algo.

—¿Qué dices? —preguntó Karran, el jefe, dejando su herramienta a un lado para socorrer a su subalterno—. ¡Estás perdiendo facultades, eh! ¡Deja que te ayude!

Cuando este se acercó para agarrar el mango y tirar con todas sus fuerzas, se sorprendió al ver que era incapaz de moverlo. “¿Estaré perdiendo también yo capacidades?”, pensó en broma. Karran volvió a centrar todas sus energías en resolver el problema, y tiró hacia atrás una, dos, tres, y hasta cuatro veces, y al cuarto intento cesó. No obstante, no se rindió, y nuevamente agarró la empuñadura para sacudirla con brío, hasta que notó que emitía una leve vibración. Echó un vistazo a la superficie y, sobrecogido, dio un paso atrás. Un rugido cuya procedencia era imposible de advertir penetró en los oídos de los presentes, haciendo que estos tuvieran que tapárselos rápidamente debido al dolor que producía el sonido.

—¡¿Qué cojones es eso!? —preguntó a gritos Nren—. ¡Parece que esté taladrando mi cerebro!

—¡Esto es insoportable! —respondió otro con un tono de voz muy elevado—.

—¡Está vivo! ¡El suelo está vivo!

La piedra de todo el túnel en el que se hallaban comenzó a temblar, empezando desde la fisura donde se encontraba encallado el pico. La convulsión de la roca fue tremenda, y las brechas del suelo se abrieron mucho más, hasta dejar a la vista parte de un hueso de la herida que habían provocado en el lomo de un extraño animal que, por el aspecto, parecía tener un tamaño descomunal. Los enanos artificieros se quedaron atónitos al ver como la criatura, posiblemente despertada de algún tipo de letargo, comenzaba a moverse causando nuevos temblores. Orren, que tuvo la suerte, o la desgracia, de haber traído consigo un revolver de nueve recámaras, se aseguró de que estuviera completamente cargado y lo empuñó, encañonando a la bestia. No hizo falta orden alguna para que abriera fuego.

—¡Para Orren! ¡Para! ¡Detente! —ordenó Karran—. ¡Así solo conseguirás enfadar más a esta cosa!

Era demasiado tarde. Orren había vaciado el arma y se disponía a recargarla. La extraña criatura, la colosal sierpe que se movía donde debería estar la tierra, emitió otro chillido como el anterior. Pero esta vez no llegó solo, pues al aullido de la bestia lo acompañaron más de una centena de gritos agudos que punzaron sus tímpanos como agujas.

—¡Tenemos que irnos de aquí y avisar al ejército! —Karran cogió un par de cosas de su mochila e hizo varios gestos para que todos siguieran sus pasos.

Los enanos corrieron como locos a lo largo y ancho de un centenar de galerías. Apenas alumbrados por un casco que disponía de una linterna de nakra, tuvieron ciertas dificultades en algunos momentos, lo que provocó que tomaran desvíos equívocos en un par de ocasiones. De vez en cuando, alguno de los que iban atrás sufría un traspié o se chocaba con alguna roca de gran tamaño que no lograba distinguir entre tanta penumbra. Finalmente, y por desgracia, llegaron a un punto muerto cuya única salida parecía ser un barranco. Los chillidos que los perseguían aún no habían cesado; por la distancia a la que se oían podía advertirse que lo que fueran esas cosas que estaban emitiendo esos sonidos, andaban a escasos metros de ellos. Sabían que debían hacer algo rápido.

Nren sacó los dos últimos cartuchos de dinamita junto a un par de detonador de nakra y los armó. Los programó con tan solo unos segundos de diferencia para poder activar los artilugios y lanzarlos en el momento idóneo, y le entregó uno de ellos a Karran. Este último, con un semblante serio, se volvió hacia el grupo para indicarles que esperasen pacientemente a ver qué es lo que la luz del casco iluminaría cuando el enjambre que los seguía apareciera, aunque solo bastaron dos minutos para averiguarlo.

—¡¡Ahora!! —Karran y Nren lanzaron ambas cargas al mismo tiempo.

Las criaturas que corrían en dirección a ellos por suelo y techo tenían un aspecto horroroso. Parecían insectos salidos de otro mundo, una mezcla entre hormiga y mantis de Aspheria. Uno de ellos, probablemente pensado que lo que les habían lanzado era comida, saltó en dirección hacia una de las dinamitas y la mordió con fuerza, provocando una explosión que arrasó con una gran cantidad de estos seres. Desgraciadamente, la otra carga fue arrojada con menos fuerza y aún no había llegado hasta estos cuando estalló, empujando a los enanos en todas direcciones.

Cuando Nren despertó, no supo asegurar cuanto tiempo estuvo inconsciente. No había sufrido heridas graves, pero se hallaba bajo una enorme montaña de piedras. Un desprendimiento lo había atrapado, y sin la ayuda de sus compañeros le era imposible salir de allí.

—¡Sacadme de aquí! —Gritó desesperado—. ¡¿Me oís alguno?! ¡¡Auxilio!!

La angustia se adueñó de su cabeza, y su corazón comenzó a latir con suma intensidad. Nadie respondía a sus palabras, tan solo el silencio y la oscuridad permanecían a su lado. “Es el fin… es el fin”, pensó. “Espero que el resto haya ido a por ayuda. Espero que me encuentren pronto…”, se dijo a sí mismo. Nren se preguntó cómo había acabado así. Un intrépido y habilidoso enano experto en su trabajo, casado, con dos maravillosos hijos a los que nunca más volvería a ver, pasaría sus últimos minutos de vida en soledad bajo una pila de piedras como las que él mismo hacía estallar. De pronto, el suelo retumbó y un aullido ensordeció sus oídos…

Semillas para aventuras

Algo ha despertado en lo profundo de la metrópolis fortificada de Duk’Drak. Una bestia antigua, un ser de origen terrenal tan grande como la longitud en conjunto de todas las galerías de la ciudad, ronda ahora las sombras. El ser, con aspecto de gusano, cien ojos en su cabeza y unas fauces tan grandes con las que perfectamente podría devorar un tanque a vapor de una sentada, tiene hambre… y este no es el único problema: no está solo…

Los artificieros que fueron enviados a iniciar la segunda etapa de las obras han molestado a una criatura que dormía plácidamente a lo largo de los años. Esto, a su vez, ha causado el desvelamiento de una gran cantidad de seres que habitaban el subsuelo a niveles impensables, y ahora el enjambre busca alimento. La marea es implacable, y engulle todo a su paso sin dejar rastro de carne o hueso.

Otras anotaciones: Este relato breve complementa a un hecho comentado fugazmente en el manual de juego. Si se lleva a partida, puede ser interesante hacer que los jugadores lleven a un grupo de soldados enanos o incluso a visitantes de otras razas que, por cualquier motivo, estaban de paso por Duk’Drak cuando comenzó todo. Sea cual sea el caso, la sesión debería centrarse en la supervivencia. El ejército ha actuado rápido, y se han sellado innumerables galerías y salas con la intención de parar a las bestias.