23 diciembre,
2015

La ciudad de hielo

JSirLink

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Las enigmáticas leyendas acerca de Corinto, la gélida ciudad localizada al noroeste de la región de Cratos —en las blancas y vastas tierras de Arcadia—, han sido siempre un peligroso detonante que ha motivado a muchos exploradores a viajar hasta allí con el atrevimiento de buscar las supuestas maravillas que aún guardan los edificios y las calles de la urbe maldita. Con el tiempo, se ha descubierto que la mayoría de historias relatadas son falsas y prometen tesoros inexistentes; sin embargo, otras describen a la perfección los horrores que allí pueden vivirse, entre las figuras de hielo de sus antiguos habitantes. No obstante, hay algo desgraciadamente cierto: de todos los insensatos que han tenido el valor de visitar Corinto, nadie ha vivido para contarlo.

Daris, el único superviviente que quedaba de la última expedición que se había atrevido a internarse en Corinto, se hallaba temeroso mientras recorría una de las frías calles de la ciudad. Le dolía la cabeza, tenía la vista cansada y no paraba de escuchar sonidos y voces que no parecían estar ahí, así que su preocupación aumentaba con cada paso que daba. El resto de su equipo había ido falleciendo uno a uno a manos de cosas que no era capaz de describir. Ahora, sus compañeros se encontraban convertidos en estatuas de hielo, y sin el equipo necesario, tenía problemas para encontrar la aeronave con la que había llegado hasta aquí aunque, si mal no recordaba, debía estar cerca.

El frío ya estaba comenzando a entumecer sus músculos, pero la luz de su lámpara de nakra le ofrecía algo de calor, lo que hacía que el proceso de congelación se retardara algo más. Tenía un pequeño rasguño en el muslo derecho y no podía caminar muy rápido, pero intentaba moverse de manera apresurada, llevando el revolver preparado para enfrentarse a cualquier cosa que se interpusiera en su caminata. Al cabo de unos minutos, Daris giró una esquina y, tras avanzar unos metros, no muy lejos de él, distinguió la figura de un hombre de mediana edad corriendo hacia uno de los edificios de la calle. "¡Eh, tú! ¡Espera!", gritó. Sacó energías de donde pudo y avanzó más aprisa para cruzar la misma puerta, donde volvió a ver al sujeto subiendo unas escaleras. "¡Espera! ¡Por favor, espera!", dijo vociferando. El explorador subió al primer piso y escudriñó cada una de las habitaciones, descubriendo que no había nadie más allí salvo él. No obstante, fuera por suerte o casualidad, a través de una de las ventanas pudo visualizar su aeronave, localizada sobre el congelado suelo de una plaza situada a unos doscientos metros de allí. "¡No me lo puedo creer!", se dijo en su cabeza. Alegre, Daris deshizo el camino y se dirigió hasta el vehículo. No tuvo que caminar mucho, pero una vez allí, su júbilo se apagó al descubrir que la máquina voladora estaba completamente congelada. En ese instante, unos pasos resonaron a su espalda y, cuando se volvió, aquel hombre que había visto antes se acercó hacia él, cambiando gradualmente hasta mostrarse como una forma gélida sin vida que se movía a voluntad de una energía que probablemente no pudiera ser comprendida. Y aquella figura, aquella efigie lívida y helada de ojos sin pupila, fue lo último que su mente dibujó antes de rendir sumisión a la locura.

Semillas para aventuras

Corinto es un sitio muy peligroso que los habitantes de cualquier zona de Arcadia intentan evitar a toda costa. Sin embargo, son muchos los exploradores que han volado hasta aquí para intentar hacerse con alguno de los muchos tesoros que las viejas leyendas prometen. El grupo de jugadores podría pertenecer a una expedición perdida que debe hacer todo lo posible por encontrar una forma de regresar.

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