13 abril,
2015

Pájaros de acero y madera

JSirLink

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Werdlad era un wolvem poco usual entre los de su raza, un medio lobo de extrañas costumbres que prefería alejarse de los trabajos ilegales y las peleas gratuitas que ensuciaban la reputación de los suyos para dedicarse, honradamente, a otros asuntos más limpios. Entre sus compañeros —la mayoría de ellos humanos y faeryas—, era conocido como "El Can", y aunque para otros de su condición esto habría significado un insulto, para él era una muestra más del cariño que los muchachos con los que trabaja le tenían. Werd formaba parte de uno de los grupos de recolección de Babilonia. Este, y la otra veintena de navegantes que pertenecían a la tripulación de "El Esfera" —la aeronave en la que se movían siempre—, se encargaban de subir diariamente a lo más alto de Aethêr para recolectar agua de las formaciones de nubes que reunieran las condiciones adecuadas. En otros países, lo más común era construir embalses con los que poder aprovechar la lluvia para abastecer a la población en tiempos de sequía; sin embargo, en Las Apátridas esto no era posible debido a la escasez de chubascos, por lo que se debía recurrir a otros medios para conseguir el preciado elemento tan necesario para la vida.

Para la mayoría de habitantes de Babilonia, este trabajo era algo sencillo al que le daban poca importancia; la gente corriente pensaba que tan solo consistía en ascender, encontrar un buen sitio y activar las máquinas de cosecha que, bien era cierto, solo requerían de una mínima atención, ya que funcionaban de manera automatizada. Por desgracia, nada estaba más lejos de la realidad; subir hasta esta zona para conseguir agua era sumamente peligroso, y ya no solo por las bestias del aire, los piratas también solían rondar estos lugares para asaltar a cualquier navegante con el que se toparan. Desafortunadamente, esto ocurría con frecuencia, y los combates estaban a la orden del día, así que era necesario que entre la tripulación estuvieran presentes pilotos de girocópteros de caza. Werdlad era uno de ellos.

La aeronave recolectora llevaba algo más de una hora ascendiendo, así que el grupo de trabajo se encontraba a poco más de catorce kilómetros de altura sobre los continentes. Los motores de propulsión estaban comenzando a llegar ya a su tope, y parecía que habían conseguido la elevación apropiada para comenzar con la tarea. La zona más alta de Aethêr, el estrato al que era imposible llegar a día de hoy por medios corrientes, se conocía como límite. Allí, las formaciones nubosas eran mucho más densas que en otros puntos del mapa, algo que hacía que se dieran intensas precipitaciones, pero donde se hallaba en estos momentos El Esfera también se trataba de un lugar provechoso.

—¡Vamos muchachos! ¡En pie todos! —El viejo capitán del navío se levantó de su asiento y llevó su vista hacia unos papeles que alzó para comenzar a dictar los nombres de los que ocuparían los primeros turnos de vigilancia—. Lerk, Werd… vosotros dos saldréis en primer lugar. Derek, a ti te ha tocado patrullar la nave de cerca. El resto… ¡ya sabéis qué tenéis que hacer los demás! ¡Venga, venga, venga!

Los allí presentes se pusieron manos a la obra. En El Esfera, cada uno había aprendido bien su tarea hasta el punto en el que incluso el cocinero sabía qué plato debía preparar cada día. A fin de cuentas, los veintiuno de a bordo llevaban ya trabajando en sus puestos casi un año, y apenas era necesario que el capitán manifestara sus órdenes diarias, pues todos tenían claras sus labores. En el caso de Werdlad esto no era una excepción, quien se dirigió apresuradamente hasta su camarote. Como siempre antes de salir, se puso el traje de aviador, cogió su pistola de doble cañón y se encaminó a la cubierta interior donde reposaban los vehículos aéreos. No obstante, antes de empezar a bajar por las escalerillas que llevaban a la misma, algo hizo que se parara en seco.

—¡Atención, aquí puesto de vigilancia! ¡Atención, aquí puesto de vigilancia! —Una voz metalizada sonó a través de los toscos altavoces dispuestos a lo largo del navío volador—. ¡Nos atacan piratas por babor! ¡Repito! ¡Nos atacan piratas por babor!

Aún no había comenzado la extracción de agua y la sirena de emergencia de toda la nave estaba sonando con fuerza, avisando a los tripulantes de un ataque inminente que debía ser repelido a toda costa. La frecuencia con la que se daban este tipo de sucesos tenía inmunizado a los tripulantes de El Esfera contra el pánico y, pese a que desde luego era una situación comprometida, nadie se echaba las manos a la cabeza y corría despavorido a esconderse. Werd y los otros pilotos de combate se apresuraron a montar en sus respectivos vehículos, inicializaron los sistemas a vapor y esperaron absortos en sus pensamientos a que dieran la confirmación para el despegue —en momentos como este, a todos se les venía a la cabeza el recuerdo de Valeria, una antigua compañera que perdió la vida un mes atrás rechazando el ataque de un navío corsario del imperio de Aspheria; un ejemplo irrefutable de que la vida en el aire era muy dura, y solo importaba el valor y la destreza a los mandos de una aeronave—.

Cuando finalmente alcanzaron el aire, los girocópteros tomaron rumbo directo al navío que se aproximaba hacia ellos, intentando por cualquier medio evitar los laterales de este; una sola ráfaga de cañonazos del barco bastaría para destrozarlos, por lo que lo mejor era realizar rápidas pasadas por la zona superior de la cubierta. Los cinco vehículos estaban equipados con fusiles de repetición, y esto no era suficiente para hundir al enemigo, pero si conseguían eliminar a gran parte de sus tripulantes, los piratas se batirían en retirada. Werd y Lerk, que normalmente solían actuar juntos, llevaron la cabeza del ataque abriendo fuego contra las cristaleras del puente de mando. Por suerte, la aeronave objetivo no era muy grande, cosa que hacía que fuese más sencillo acertar en zonas críticas como los motores o la pasarela de control. Derek, Nert y Tracius, que se encargaron de realizar la segunda barrida, centraron sus disparos sobre toda la superficie, consiguiendo impactar a varios de los enemigos.

Durante varios minutos, Werd y los chicos repitieron la misma maniobra una y otra vez, viéndose enfrascados en un espectáculo protagonizado por un vaivén de proyectiles que silbaban en disonancia mientras recorrían el aire. La minúscula contienda concurría sin ofrecer la victoria a ninguno de los dos bandos aunque, afortunadamente, esto otorgaba un valioso tiempo a sus otros compañeros para recolectar la mayor cantidad posible de agua antes de huir de allí si la cosa no salía bien. Pero pronto, la balanza se desplazó a uno de los lados. La falta de suerte provocó que una bala perdida alcanzara, casualmente, el depósito de agua del motor a vapor del girocóptero de Werd, causando un escape que ocasionó un fallo grave en el motor; como resultado, la pérdida del control de los mandos del vehículo hizo que este se desestabilizara, estrellándose de forma catastrófica contra el puente de mando del barco pirata. El vehículo, envuelto en llamas, atravesó toda la estructura hasta alcanzar el propio motor, y una monstruosa explosión hizo que la aeronave perdiera potencia y se hundiera irremediablemente en el vacío de aire. Werdlad, quien era muy querido entre los tripulantes de El Esfera, pereció aquel día sirviendo de forma honrada a los suyos…

Semillas para aventuras

Este relato ha sido creado para dar a conocer, de forma breve, la manera que tienen algunas naciones de conseguir reservas de agua para abastecer a la población en períodos difíciles de sequía (algo que desgraciadamente suele ocurrir en muchos veranos). Como idea para el dramaturgo, los personajes jugadores podrían formar parte de una tripulación similar a la del barco El Esfera o, incluso, ser piratas del aire en busca de hacerse con un buen botín.

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