Lo divino

Miles de años atrás, antes de que todo lo conocido existiera, aparecieron dos entidades tan sumamente perfectas que hasta la propia realidad se estremecía al contemplar el esplendor que estas irradiaban. Quién o qué las engendró es algo que seguramente no llegue nunca a tener una respuesta, pero claramente fueron creadas como fuerzas antagónicas destinadas a chocar entre sí por siempre, de la misma forma que lo hacen el bien y el mal. A estas dos divinidades hermanas se las conocía como Ôda; la veleidosa diosa de la destrucción, y Vahladiel; el omnisciente dios de la creación.

Durante un largo tiempo Ôda reinó impetuosa sobre el vacío de la inexistencia, controlando gran parte de la nada, sin permitir que su antagonista erigiera sus creaciones. Pero llegó el día de la creación, y el dios Vahladiel se sacrificó por dar vida, creo a los titanes, las monumentales estrellas que adornan el universo, y así comenzó la guerra de poderes. La lucha fue encarnizada, y hasta los cimientos de la misma existencia temblaron ante tal avalancha de energía. Los astros combatieron contra el vacío, aunque muchos fueron engullidos por la nada y borrados de la creación. Hasta que aparecieron los ashur, hijos de Vahladiel, guardianes de las estrellas. Ôda fue expulsada del infinito universo y fue condenada a errar por sus límites, donde el vacío seguía ejerciendo mucha fuerza. Y desde ese momento las dos colosales entidades dejaron de estar presentes en nuestro mundo, desaparecieron de la realidad, y nunca más se supo de ellas. Sin embargo, aunque son escasas, aún quedan culturas que las recuerdan y veneran.

Ôda es conocida como la diosa del vacío, de la nada y de la destrucción. La devoradora de estrellas, de mundos y de galaxias. Su representación más común en los cuadros históricos de la actualidad es la de una joven humana con triste mirada, ataviada con ropajes negros y desgastados. También se la representa como una serpiente negra que se alimenta de planetas, aunque hay quienes piensan que no debe ser personificada, ya que la mejor representación de ella es no tener ninguna. Sus fines son incomprensibles, ya que busca acabar con todo lo existente para que la nada reine sobre el universo. Hoy día, los más eruditos piensan que Ôda sigue actuando en los confines del cosmos, devorando aquellas galaxias más cercanas al límite.

Vahladiel es todo lo opuesto, es el dios de la creación, conocido también como el instaurador. Su figura más acorde es la de un coloso ataviado con túnicas y poseedor de una prominente barba canosa, aunque también suele ser representado por una esfera brillante con un gran ojo en el centro. Sus seguidores sostienen la teoría de que Vahladiel sigue presente en este mundo, que todos los seres tienen una parte de su esencia, y que actúa a través de la consciencia de la humanidad.

Los titanes

Por miles se cuentan los planetas moldeados por la gracia de Vahladiel, quien se encargó de repartirlos entre las distintas galaxias en la que se encuentra dividido el universo. Estos colosos lucharon junto a su creador contra la tiranía de Ôda, y aunque muchos cayeron en el intento, lograron finalmente expulsarla del cosmos.

Los deslumbrantes titanes que se hallan en la vía luciente son diez, entre los que se encuentra Aethêr, antiguamente conocido como Gea. Estos reciben el nombre de Cronos, Eos, Asteria, Aethêr, Rea, Hiperion, Urano, Tamiris, Miarana y Neptuno, además del sol y las dos lunas de Aethêr, Selene y Temis. En estos momentos se cree que el único planeta que alberga vida en esta vía es Aethêr.

Los ashur

Los ashur surgieron como los primeros hijos de Vahladiel, como guardianes del cosmos y de todos los titanes que emergieron. Fueron creados con la finalidad de poblar los astros y de crear la vida adecuada para cada uno de ellos.
En aquella era, fueron tres los que caminaron sobre la faz de Gea, y fueron bautizados como Aesir, Vanir y Jireh. La esencia que emanaba del alma de estas entidades era muy superior a la de los otros ashur que nacieron, por lo que lograron crear los seres más peculiares. Durante varios siglos cuidaron de sus vástagos y les enseñaron diversos caminos, hasta que cayeron bajo las redes de la traición. Sus propios hijos, los primeros nacidos, se enfrentaron a ellos y los desterraron del mundo que les pertenecía. Fueron encerrados en prisiones sobrenaturales, dimensiones paralelas a Gea donde solo encontraron soledad y amargura. Y nunca más se les vio pisar esta tierra, como ya ocurrió en otro tiempo con Ôda y Vahladiel.

Y llegó un punto en el que enloquecieron, se volvieron contra ellos mismos y sus almas se deterioraron. Únicamente mantuvieron su consciencia y su esencia. Se fundieron con los mismos planos y comenzaron a concebir seres inigualables, que serían sus nuevos sucesores. Ya no estarían solos en sus tortuosas cárceles.

Aesir

Aesir ha sido la ashur más trastornada por el destino. Encarna la parte oscura de Aethêr, los sentimientos más negativos de los seres que habitan el orbe, y ahora se han apoderado completamente de ella. El extremo al que ha llegado su odio le hace aborrecer a todas las criaturas terrenales, a las que considera meros objetos con los que divertirse, alimentándose de sus miedos y pesadillas. El sufrimiento de la humanidad le satisface, por lo que le encanta contemplar el dolor que causan las guerras y los lamentos de aquellos que se afligen por su triste vida. Para ella, Vanir y Jireh ya no hacen el papel de hermanos, ahora son adversarios con los que deberá disputar el control del mundo tras el despertar. En su mente solo perdura una idea, doblegar a todos los seres mortales cuando llegue el momento de su liberación. Adora a los dragones por el caos que son capaces de causar. Normalmente se le atribuye como avatar la forma de un colosal dragón negro repleto de pequeños ojos, de los que brotan afiladas espinas, con una cola tan larga que es capaz de enrollarla por todo su cuerpo. Sin embargo, ella prefiere adoptar formas más discretas, como la de una salamandra oscura o una culebra rodeada de zarzas.

Jireh

Jireh es el mayor de los dioses de Aethêr. Gracias a él las esencias de sus otros dos hermanos se mantenían en plena armonía, era el encargado de equilibrar la oscuridad y la luz. Es el ashur del equilibrio, del orden y de la justicia. Mantiene la firme teoría de que el mundo debe ser organizado según una serie de leyes que todos deberían seguir para conseguir la igualdad de todos los seres. La armonía de las razas y de la naturaleza es lo único que piensa que puede llegar a tener un buen fin. Como es lógico, odia el caos y el desequilibrio de las cosas, por lo que seguramente, si llegara a ver en lo que se ha convertido Aesir, no dudaría ni un instante en borrarla del mundo. Su representación más usual es la de un ser bello y perfecto, sin sexo aparente, que sostiene una balanza donde se pesan los sentimientos.

Vanir

Sin el control de Jireh, Vanir se ha convertido en una entidad suprema más altiva de lo que ya era. Defiende a los más débiles y a los desamparados, y se disgusta de aquellos que utilizan la fuerza para llevar a cabo sus fines, aunque él mismo lo haga. Es el representante de todas las facetas relacionadas con la luz, como la benevolencia, la iluminación o la esperanza, por lo que se siente identificado con los sentimientos positivos de los seres terrenales. Aunque persigue alcanzar la paz y el orden, mantiene la creencia de que siempre debe haber alguien que se alce por encima de los demás y controle el camino que deben seguir los mortales. La encarnación de su ser siempre fue la de un guerrero de pelo largo y de color rubio, ataviado con una armadura dorada.

Los enuma

Cuando los ashur se vincularon con sus prisiones, crearon criaturas que llegaron a transgredir sus propios principios. De entre todas ellas, hubo varias que se alzaron por encima de las demás y lograron alcanzar la cúspide de la pirámide de poder. A estos seres se les llamó enuma, las entidades mayores.

Los enuma comenzaron a someter a las criaturas más débiles de estos mundos. Pronto se hicieron con el control de parte de su plano, llevando a cabo sus propósitos a la par que obedecían a los grandes padres. Actualmente, doce son los que han obtenido una mayor fuerza, cuatro pertenecientes a cada una de las dimensiones. El nexo que las une al mundo que habitan condiciona su forma de actuar. Mientras que los seguidores de la sangre luchan entre ellos por obtener el control total y conseguir un mayor número de adeptos, aquellas criaturas que habitan el plano de equilibrio han conformado un concilio, y gobiernan en base a unas leyes establecidas. En el plano de la luz, sin embargo, una de ellas se ha alzado por encima de las demás, y es reverenciada como a un emperador.

Las entidades menores

El resto de criaturas sobrenaturales que pueblan los planos son las llamadas entidades menores. Se encuentran en lo más bajo de la pirámide de poder, sometidas por las más fuertes. Actúan como sirvientes y ejecutores de los enuma, ya que pueden atravesar las corrientes elementales con una mayor facilidad, y personificarse en el mundo físico. Algunas de ellas están comenzando a obtener cierto grado de poder, y ya han empezado a desobedecer en cierta medida algunas de las órdenes de sus superiores.

Otras entidades

Además de las criaturas y de los dioses que pertenecen a este mundo que habitamos, existen miles de entidades repartidas por todo el universo, como los propios astros o los otros guardianes de las estrellas. Aunque muchas de ellas no tienen consciencia como tal, la esencia que poseen se siente atraída por aquellos que las veneran y les ruegan, como ocurre en el caso de las constelaciones.

Uno de los casos más inusuales es el de Draeria, la primera emperatriz draeka. Tras su muerte, su alma ascendió al cielo y pasó a formar parte del universo, formando la conocida constelación del dragón. Los draesirians la honran y creen que es la única diosa que realmente sigue junto a los mortales. La mente de los seres terrenales es mucho más poderosa de lo que se cree, y en algunos casos es capaz de dar vida a la imaginación y de concebir cosas que pueden parecer imposibles.